Become a member

Get the best offers and updates relating to Liberty Case News.

Cuando la memoria empieza a fallar y sólo quedan recuerdos

Hace unos días, mientras conversaba con una paciente de 72 años, me contó cuál era la única petición que le había hecho a sus...

Definiendo el amor

InicioArtículosCuando la memoria empieza a fallar y sólo quedan recuerdos

Cuando la memoria empieza a fallar y sólo quedan recuerdos

Hace unos días, mientras conversaba con una paciente de 72 años, me contó cuál era la única petición que le había hecho a sus hijas. Cuando llegara el día en que ya no recordara nada, cuando se volviera retraída, irritable, cuando ya no quisiera bañarse… les pidió que tuvieran paciencia con ella. Y que, sin importar qué tan confundida estuviera, le siguieran tiñendo el cabello de rojo, porque el blanco nunca le había gustado.

Historias como esta las escucho constantemente en el consultorio. Y todas, de alguna forma, llevan a la misma pregunta: ¿qué pasa por la mente de un adulto mayor cuando siente que la vida está a punto de terminar?

Otra paciente me lo explicó de una manera que no he podido olvidar: el camino que ya recorrieron ya no está, dijo, solo queda lo que tienen enfrente. Le llaman “la recta final”. Y cuando se llega ahí, muchas veces se llega cansado, sin fuerzas, desmotivado, con la única certeza de lo que ya se hizo y lo que ya se trabajó, pero con una enorme incertidumbre sobre lo que sigue.

La ciencia detrás de la esperanza

Lo que pocas personas saben es que existe una forma de cambiar esta historia, de que el cerebro vuelva a sentirse “joven” sin importar las arrugas o las canas: la neuroplasticidad.

La neuroplasticidad es la capacidad del cerebro para reorganizarse y crear nuevas conexiones entre neuronas a lo largo de toda la vida, en respuesta a la experiencia, el aprendizaje o incluso a una lesión. Se manifiesta de dos formas principales: la plasticidad funcional, donde el cerebro puede transferir funciones de un área dañada a otra que sigue sana, y la plasticidad estructural, donde literalmente se forman nuevas sinapsis y se fortalecen conexiones existentes según lo que hacemos y vivimos.

Esto significa algo profundo: el cerebro de un adulto mayor no es un terreno ya cerrado. Sigue siendo capaz de aprender, adaptarse y, en cierta medida, compensar pérdidas.

Lo que realmente necesitan (y por qué no es tan simple)

Pero no basta con decirle a una persona mayor que aprenda algo nuevo, que se levante a caminar, que haga algo diferente. Ahí es donde está el verdadero trabajo: primero hay que acompañarla desde el amor y la paciencia, para que se sienta motivada, con ganas de seguir adelante y de encontrarle un sentido a lo que está viviendo.

Para muchos adultos mayores, “ya todo está hecho”. Han vivido lo suficiente para creer que eso es todo lo que hay, que solo queda esperar. Y para las familias, muchas veces es más fácil decir “ya no puede”, “déjalo, está cansado”, “no puede comer eso”, o incluso regañarlos. Pero eso es justo lo que un adulto mayor no necesita.

Lo que necesita es autonomía. Que se le devuelva la confianza de que todavía puede hacer cosas, de que sabe, de que vale. Lo único que pide, en el fondo, es que se le acompañe desde el amor. Porque son ellos quienes llevan en su memoria toda la sabiduría de una vida entera, y es ahí donde pueden encontrar el significado, las ganas y la motivación para aprender algo nuevo, para levantarse cada mañana con la certeza de que su tiempo ha valido la pena, que han dejado huella, que nada fue en vano. Quizás así dejen de preguntarse: “¿para qué voy a aprender algo nuevo si ya estoy viejo?”

Lo que dicen los datos

La magnitud de este problema no es menor. Según la Organización Mundial de la Salud, en 2021, 57 millones de personas en todo el mundo vivían con demencia, y más del 60% se encontraban en países de ingreso mediano y bajo. Cada año se registran casi diez millones de casos nuevos, lo que equivale a un nuevo diagnóstico cada pocos segundos en algún lugar del planeta.

A esto se suma otro dato silencioso: la depresión en la vejez. La OMS estima que alrededor del 5.7% de las personas mayores de 60 años presenta depresión, aunque en poblaciones más vulnerables —como adultos mayores hospitalizados o que viven en asilos— las cifras pueden ser mucho más altas. Lo más preocupante no es solo la prevalencia, sino que en muchos casos estos síntomas se confunden con “cosas normales de la edad” y nunca se diagnostican ni se tratan.

Por qué la estimulación cognitiva, la convivencia y la autonomía no son opcionales

Aquí es donde la psicoeducación se vuelve clave: el adulto mayor necesita más que motivación, necesita herramientas concretas.

La estimulación cognitiva —entendida como el conjunto de actividades diseñadas para mantener y mejorar las capacidades mentales— puede incluir ejercicios como juegos de memoria, lógica, así como actividades artísticas y manuales, y su objetivo es prevenir o retrasar el deterioro cognitivo asociado al envejecimiento. La evidencia respalda esto: la estimulación cognitiva mejora la cognición global y funciones específicas como memoria de trabajo, atención dividida, fluidez verbal y orientación temporo-espacial, especialmente cuando es personalizada y sostenida en el tiempo.

Pero el ejercicio mental no basta por sí solo. La estimulación cognitiva no solo favorece la salud física y psicológica del adulto mayor, sino que también favorece su desempeño autónomo en las actividades de la vida diaria, conservando su capacidad intelectual y manteniéndolo conectado con la familia y la sociedad.

La convivencia con otras personas de su edad no es un “extra” agradable: es parte del tratamiento. El aislamiento social acelera el deterioro cognitivo y emocional, mientras que los espacios compartidos —ya sea un grupo de manualidades, un café entre amigos o una clase de baile— activan circuitos cerebrales de memoria, lenguaje y regulación emocional al mismo tiempo.

Y la autonomía, por su parte, es quizás el ingrediente más subestimado. Cada vez que dejamos que un adulto mayor haga algo por sí mismo —aunque tarde más, aunque lo haga “diferente”— estamos enviándole un mensaje al cerebro: todavía sirvo, todavía puedo, todavía soy yo.

Una reflexión final

No se trata de negar el cansancio, ni de exigirle a alguien que “se ponga las pilas” cuando lleva setenta, ochenta o noventa años cargando una vida entera. Se trata de entender que la recta final no tiene por qué ser un camino de espera pasiva. Puede ser, también, un espacio donde el cerebro —con amor, paciencia, estímulo y compañía— siga escribiendo nuevas páginas. Porque al final, lo que todos buscamos, sin importar la edad, es lo mismo: sentir que importamos, que valemos, que nuestra historia todavía no termina.